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Sentencia del TJUE en el Caso COFEMEL, C-683/17, 12/9/2019. Diseño y derecho de autor. Una «impresión visual propia y considerable» no es condición suficiente, ni tampoco necesaria, para que el diseño obtenga protección por el derecho de autor

El TJUE concluye que un modelo no puede protegerse como obra por el hecho de producir un «efecto visual propio y considerable desde el punto de vista estético». Para ello debe cumplir con los requisitos aplicables, de forma general, a todas las obras. Implícitamente, aunque la segunda pregunta de las formuladas por el tribunal portugués queda sin respuesta, cabe entender que se rechaza que las creaciones de artes aplicadas solo puedan reconocerse como obras cuando tengan un «carácter artístico incrementado». En conclusión, a los modelos no se les puede exigir menos o algo diferente (la simple impresión estética) ni más (el indicado carácter artístico incrementado; suponiendo que ello signifique algo diferente del «efecto estético visual propio y considerable», y no lo mismo).

Introducción

De COFEMEL ya hubo ocasión de ocuparse con ocasión de las Conclusiones del Abogado General (AG). En este blog hay una entrada al respecto. Es un caso importante y cuya proyección se verá con rapidez en la jurisprudencia nacional. El problema de fondo es bien conocido. ¿Cómo proteger la configuración  de una silla, una lámpara, un automóvil, una bicicleta, una vajilla…? Al margen de su protección por la vía del diseño industrial ¿pueden aspirar al reconocimiento como obras de autor?… Están en juego la duración de la protección, el contenido económico y moral de los derechos y algunas importantes cuestiones asociadas, como la del Estado competente para conocer de eventuales litigios (cfr. Caso Farola Latina. AAP Barcelona, sec. 15ª, 12/3/2015).

En este mismo blog hay varias referencias a esta problemática, sobre la que tantas veces han tenido que pronunciarse  nuestros tribunales y los de otros países. Contamos con un buen estado de la cuestión, con referencia a la fecha de publicación, en las Actas del Congreso Internacional de ALAI de Roma  (septiembre 2016). En lo que atañe a España, puede verse, en esa misma publicación, la excelente ponencia del Prof. Fernando Carbajo, “Bienes inmateriales híbridos y concurrencia de protecciones”.

El problema ha llegado al TJUE con el caso COFEMEL, cuya sentencia acabamos de conocer (STJUE Cofemel, C-683/17) La controversia tiene su origen en un litigio entre una empresa holandesa (G-Star) y otra portuguesa (Cofemel), tramitado en los tribunales de Portugal. La primera acusaba a la segunda de infracción de derechos de autor sobre diversas prendas de vestir; en particular pantalones vaqueros y sudaderas. ¿Podían considerarse tales prendas “obra” en el sentido de la legislación de propiedad intelectual? Los tribunales portugueses entendieron que sí y Cofemel fue condenada tanto en primera instancia como en apelación. Sin embargo, al llegar el caso al Tribunal Supremo (TS), este optó por acudir al Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) antes de fallar.

De acuerdo con el relato recogido en las Conclusiones del AG, El TS consideraba acreditado “en primer lugar, que los modelos de prendas de vestir de G-Star copiados por Cofemel fueron diseñados bien por diseñadores empleados por G-Star, bien por diseñadores que actuaban por cuenta de esta y que le habían cedido contractualmente sus derechos de autor. En segundo lugar, [que] estos modelos de prendas de vestir son el resultado de diseños y de procesos de fabricación que se han reconocido como innovadores en el mundo de la moda. En tercer lugar, [que] estos modelos se caracterizan por un conjunto de elementos específicos (forma en tres dimensiones, emplazamiento de determinados elementos, esquema de ensamblaje y de colores, etc.), reproducidos parcialmente por los modelos de prendas de vestir de Cofemel” (Conclusiones AG pfo. 18). Sobre esa base, el Tribunal se preguntaba acerca del sentido que debía darse al art. 2.1,i) del Código portugués de Derecho de Autor y derechos conexos (decreto ley 62/85, versión consolidada), cuyo listado de obras susceptibles de protección incluye los dibujos o modelos y las obras de diseño. La duda residía esencialmente en  el grado de originalidad exigible: ¿El mismo que para las demás obras o un “plus” para así marcar diferencias entre el diseño/obra y el mero diseño? Está bastante extendida la opinión de que no tiene mucho sentido y sería malo para la libre competencia dar excesivas facilidades para que el diseño sea considerado como obra, con el consiguiente  reconocimiento de derechos morales y una protección que se extendería durante la vida del creador más setenta años post mortem. ¿Pero cómo lograr ese objetivo, trazando una frontera segura y, sobre todo, previsible en su aplicación, en la mayor medida posible?

Ante ese problema es casi intuitivo pensar en una solución cuantitativa que pase por exigir un plus de creatividad o, en otras palabras, un carácter artístico incrementado (caractère artistique accru); sobre todo, a la vista de que la originalidad exigida para alcanzar el estatus de obra ha ido más bien a la baja. En efecto, desde la vieja Directiva sobre programas de ordenador de 1991, se ha ido abriendo paso la idea de que una creación es original, y por tanto obra, cuando es el resultado de un esfuerzo intelectual personalizado. No es mucho exigir. Se sigue hablando de impronta de la personalidad e incluso alguna Directiva ha hecho suya esta expresión (vid. Cdo 16 de la Directiva 2006/116/CE, sobre plazo de protección, con referencia a las fotografías: “creación intelectual del autor que refleja su personalidad”). Pero la impronta de la personalidad es más un recurso retórico para vestir con elegancia decisiones ya tomadas por jueces experimentados que un criterio operativo para que las tomen quienes carecen de esa experiencia. Como quiera que sea, la originalidad no es una noción objetiva sino subjetiva; lo que no significa, obviamente, que deba quedar al albur de valoraciones o apreciaciones personales. El criterio es subjetivo porque se centra en la relación entre el autor, el sujeto, y su creación; no, en cambio, porque esta, al obra, deba valorarse conforme a apreciaciones personales, estéticas o de mérito. De acuerdo con los pocos pronunciamientos normativos en el Derecho de la UE (programas, bases de datos, fotografías) y la doctrina del Tribunal de Justicia es suficiente que el creador haya tenido el margen de libertad suficiente para elegir y tomar decisiones formalmente relevantes.

En esta tesitura, y dado que puede haber originalidad en una fotografía muy simple (Painer 2011 C-145/10)  o en once palabras (Infopaq 2009 C-5/08) ¿cómo podremos evitar que en entren en el Olimpo del Derecho de autor cualesquiera sillas, lámparas, vajillas, recipientes etc. sin ser especialmente exigentes en materia de originalidad?… Ese enfoque parece tener sentido. ¿Pero es correcto? ¿No sería mejor evitar reducirlo todo a una única escala cuantitativa (de más y menos) para optar por una aproximación cualitativa (de diferencia de criterios)?… En este sentido ¿no sería mejor poner el acento en el hecho de que el Derecho de autor y el Diseño manejan y deben seguir manejando criterios diferentes?

Una cosa es la “originalidad” (subjetiva y ajena al mercado) y otra la “novedad y singularidad” (objetiva y valorada en función de su impacto en los consumidores). Ese es el enfoque de nuestra Ley 20/2003, de 7 de julio, de Protección Jurídica del Diseño Industrial, como explica su Exposición de Motivos: “Las condiciones de protección del diseño industrial son por ello puramente objetivas: la cobertura legal alcanza a los diseños dotados de novedad y singularidad según los criterios adoptados por la directiva comunitaria. En aplicación de estos criterios se registran los diseños que producen en el usuario informado una impresión de conjunto diferente a la de los demás diseños, y que, en el momento en que se solicita la protección, no hayan podido llegar a ser conocidos en el curso normal de los negocios por los círculos especializados en el sector de que se trate que operan en la Comunidad Europea”.

Las normas europeas de referencia

El problema se presenta complicado por la implicación de diversas disposiciones de la UE, algunas de las cuales parecen abonar la tesis de que, en efecto, los Estados tendrían margen de maniobra para establecer un nivel de originalidad específico y más exigente para que las creaciones de diseño puedan acceder a la protección por el Derecho de autor. ¿Qué criterio aplicar para coordinar estas normas? ¿Lex posterior, lex specialis…? Las disposiciones implicadas, por orden cronológico, son las siguientes:

  • Art 17 Directiva 98/71/CE del Parlamento Europeo y del Consejo de 13 de octubre de 1998 sobre la protección jurídica de los dibujos y modelos.- “Los dibujos y modelos protegidos por un derecho sobre un dibujo o modelo registrado en un Estado miembro o respecto al mismo de conformidad con lo previsto en la presente Directiva, podrán acogerse asimismo a la protección conferida por las normas sobre derechos de autorde dicho Estado a partir de la fecha en que el dibujo o modelo hubiere sido creado o fijado sobre cualquier soporte. Cada Estado miembro determinará el alcance y las condiciones en que se concederá dicha protección, incluido el grado de originalidad exigido
  • Art. 2, a) y 9 Directiva 2001/29/CE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 22 de mayo de 2001, relativa a la armonización de determinados aspectos de los derechos de autor y derechos afines a los derechos de autor en la sociedad de la información:.- Art. 2,a): “Los Estados miembros establecerán el derecho exclusivo a autorizar o prohibir la reproducción directa o indirecta, provisional o permanente, por cualquier medio y en cualquier forma, de la totalidad o parte: [//] a)      a los autores, de sus obras; […]”; Art. 9 “La presente Directiva se entenderá sin perjuicio de las disposiciones relativas, en particular, alos derechos de patente, las marcas comerciales, los dibujos y modelos […]”.
  • Art 96.2,  Reglamento (CE) n.º 6/2002 del Consejo, de 12 de diciembre de 2001, sobre los dibujos y modelos comunitarios: “Los dibujos y modelos protegidos por un dibujo o modelo comunitario podrán acogerse asimismo a la protección conferida por las normas sobre derechos de autorde los Estados miembros a partir de la fecha en que el dibujo o modelo hubiere sido creado o fijado sobre cualquier soporte. Los Estados miembros determinarán el alcance y las condiciones en que se concederá dicha protección, incluido el grado de originalidad exigido

Conclusiones del Abogado General

Como se explicó en la reseña de sus Conclusiones, el Abogado General se opuso al enfoque tendente a exigir un “carácter artístico incrementado” o reforzado a los diseños industriales. El concepto de obra, decía, es un  “concepto autónomo del Derecho de la Unión” y constituye “la piedra angular de todo el régimen de Derecho de autor, en la medida en que este define su ámbito de aplicación material. Una interpretación uniforme de este concepto es, por lo tanto, indispensable en la armonización del Derecho de autor establecida por el Derecho de la Unión. En efecto, sería inútil armonizar los diferentes derechos de que disfrutan los autores si los Estados miembros tuvieran libertad para incluir o excluir de esta protección, ya sea por vía legislativa o jurisprudencial, a un objeto determinado” (Conclusiones AG, pfo. 24, énfasis añadido). No hay una definición legislativa general del concepto de obra pero, sobre la base de las definiciones sectoriales (programas de ordenador, bases de datos, fotografías), ya habido importantes pronunciamientos del TJUE (Infopaq, 2009, C-5/08; Painer, 2011, C-145/10; Córdoba o Renckhoff, 2018, C-161/17…) y la laguna podría quedar definitivamente colmada con ocasión de Cofemel.

El AG mostró ser consciente de los riesgos de una doble protección “generosa”. Dada la ausencia de formalidades, el mayor plazo de protección etc. “se corre el riesgo de ver el régimen del Derecho de autor excluir el régimen sui generis destinado a los dibujos y modelos” (pfo. 52), con los consiguientes daños para el mercado y la competencia. Pero para conjurar ese riesgo, sostenía, no es preciso construir dos conceptos de obra (uno para las obras en general y otro, más exigente, para las creaciones de diseño): “Una aplicación estricta del Derecho de autor por los órganos jurisdiccionales nacionales podría poner remedio en gran medida a los inconvenientes resultantes de la acumulación de este tipo de protección con la protección sui generis de los dibujos y modelos” (Conclusiones AG, pfo. 54). A este objeto, el Abogado General ponía el acento en tres ideas que no cabe sino compartir: (1ª) “Aunque el umbral de originalidad adoptado en Derecho de autor no suele ser muy elevando, tampoco es inexistente” (Conclusiones AG, pfo. 56, énfasis añadido);  (2ª) “El Derecho de autor se basa en una distinción entre la idea y su expresión, protegiendo únicamente la expresión” (Conclusiones AG pfo. 57, énfasis añadido). A este propósito apuntaba que, a su juicio, en Cofemel, lo que la empresa holandesa parecía querer proteger era más idea que forma (Conclusiones AG, pfos. 58 a 60); y (3ª) que el concepto de “impresión general”, propio de los dibujos y modelos, es ajeno al derecho de autor (Conclusiones AG, pfo. 62, énfasis añadido).

Con esa base el AG proponía al TJUE declarar: (1) que el art. 2,a) DSI (en el que se habla de los derecho de reproducción de los autores sobre sus “obras”) “se opone a que los dibujos y modelos industriales tan solo queden protegidos por el Derecho de autor si presentan un carácter artístico incrementado, por encima de lo que se exige normalmente a otras categorías de obras”; y (2) queante una solicitud de protección a través del derecho de autor de un dibujo o de un modelo industrial, el juez nacional deberá tener en cuenta los objetivos y los mecanismos específicos de este derecho, como la protección de las expresiones y no de las ideas y los criterios de apreciación de una infracción de los derechos exclusivos. En cambio, el juez nacional no puede aplicar a la protección a través del derecho de autor los criterios específicos de la protección de los dibujos y modelos” (énfasis añadido)

La decisión del TJUE. Las respuestas dependen de las preguntas ¿Cuál o cuáles eran en este caso?

Se diría que la sentencia viene a alinearse con lo propuesto por el Abogado General, en el sentido de no exigir para las obras aplicadas nada diferente de lo que se exige para las demás obras. Pero esa conclusión no es tan inmediata. En una primera lectura de la sentencia no acaba de quedar claro si realmente el Tribunal ha respondido a lo que parecía preocupar al Tribunal Supremo portugués. ¿Entendió el Tribunal de Justicia las preguntas de este tal como lo había hecho el Abogado General? Como veremos, al menos de entrada, no.

Veamos cuáles eran las cuestiones, tal como se recogen en sus términos literales en el pfo. 25 de la sentencia:

1)    ¿Se opone la interpretación realizada por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea del art[ículo] 2, [letra] a), de la Directiva 2001/29/CE a una normativa nacional ―en el presente asunto, la disposición del art[ículo] 2, apartado 1, [inciso] i), del Código de Direitos de Autor e Direitos Conexos (CDADC)― que confiere protección de derechos de autor a las obras de artes aplicadas, dibujos y modelos industriales u obras de diseño que, más allá del fin utilitario que persiguen, generan un efecto visual propio y distintivo desde el punto de vista estético, siendo su originalidad el criterio fundamental que rige la atribución de protección, en el ámbito de los derechos de autor?

2)    ¿Se opone la interpretación realizada por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea del art[ículo] 2, [letra] a), de la Directiva 2001/29/CE a una normativa nacional ―en el presente asunto, la disposición del art[ículo] 2, apartado 1, [inciso] i), del CDADC― que confiere protección de derechos de autor a las obras de artes aplicadas, dibujos y modelos industriales u obras de diseño si, a la luz de una apreciación particularmente exigente en cuanto a su carácter artístico, y teniendo en cuenta las ideas dominantes en los círculos culturales e institucionales, merecen la calificación de «creación artística» u «obra de arte»?”.

El Abogado General, como sabemos, había hecho la siguiente lectura de esas preguntas:

Mediante sus dos cuestiones prejudiciales, que conviene, en mi opinión, analizar conjuntamente, el órgano jurisdiccional remitente pregunta fundamentalmente si el artículo 2, letra a), de la Directiva 2001/29, tal y como ha sido interpretado por el Tribunal de Justicia, se opone a que los dibujos y modelos industriales tan solo queden protegidos por el Derecho de autor si presentan un carácter artístico incrementado, por encima de lo que se exige normalmente a otras categorías de obras” (Conclusiones AG, pfo. 21, énfasis añadido).

Es obvio que  el Abogado General entendió que al Tribunal Supremo de Portugal, pese a haber formulado dos preguntas, en realidad sólo le preocupaba una cuestión; y esta no era si bastaba un “carácter artístico incrementado” para que el diseño pudiera considerarse obra, sino si tal carácter era necesario “además”, a modo de “plus”, en relación con los criterios generales aplicables a todo tipo de obras. Al entender de este modo las preguntas del Tribunal Supremo de Portugal, las propuestas  del AG (vid. supra) se limitaban a la cuestión o duda apuntada. Por ello consideraba suficiente insistir en que las creaciones de diseño no necesitan un carácter artístico incrementado o reforzado, siendo suficiente aplicarles los criterios generales: (1) distinción entre idea y expresión y (2) exigencia de originalidad en el sentido de tratarse de una creación intelectual propia.

El Tribunal de Justicia, sin embargo, parece haber entendido o leído de otra forma las preguntas del Tribunal Supremo Portugués. En efecto, no las ha reunido o sintetizado en una sola cuestión o duda, como había hecho  el Abogado General, probablemente con sentido. Al contrario, el TJUE las separa por completo, cosa que, al fin, le lleva a abordar solo la primera dejando sin respuesta la segunda (cfr. pfo. 57 de la sentencia). En el esfuerzo para separar ambas preguntas, sin embargo, el TJUE quizá haya acabado haciendo una lectura o interpretación un tanto particular de la primera de ellas.

Una vez más nos encontramos con un problema ya conocido. Los tribunales nacionales han de preguntar asegurándose la obtención de una respuesta útil; y han de hacerlo sin contar con un trámite de aclaraciones. No hay diálogo de tribunales para aclarar eventuales dudas y reformular las preguntas. Salvando las distancias, es una situación parecida a aquella en la que se encontraba quien tenía que redactar un interrogatorio de parte o de testigos bajo la vieja Ley de Enjuiciamiento Civil española de 1881. En ese tipo de escenarios, es muy difícil que las preguntas sean nítidas y diferenciadas. Es probable que uno acabe preguntando lo mismo de diferentes formas para evitar que lo que interesa quede sin respuesta. Ahora bien, con este modus operandi se corre el riesgo de que las preguntas sean interpretadas por el lector de forma que no signifiquen lo mismo; al igual que se hace, con todo el sentido, cuando se interpretas normas legales o cláusulas contractuales (principio de interpretación eficiente: las cosas no se repiten; y, si se dicen dos cosas, debe ser porque son diferentes).

Las dos preguntas del Tribunal Supremo portugués ¿respondían a una única duda (como había entendido el Abogado General) o, por el contrario, se trataba de dudas diferentes? Como veremos de inmediato, el Tribunal de Justicia se ha inclinado por lo segundo. En el párrafo 26 de su sentencia aborda el asunto con estos términos:

Mediante su primera cuestión prejudicial, el tribunal remitente pregunta, en esencia, si el artículo 2, letra a), de la Directiva 2001/29 debe interpretarse en el sentido de que se opone a que una normativa nacional confiera protección con arreglo a los derechos de autor a modelos como los modelos de prendas de vestir controvertidos en el litigio principal, en atención a que, más allá de su finalidad práctica, estos generan un efecto visual propio y considerable desde el punto de vista estético” (énfasis añadido)

Nótese que en el párrafo transcrito el TJUE omite la parte de la pregunta en la que se aludía a la originalidad ([…] siendo su originalidad el criterio fundamental que rige la atribución de protección, en el ámbito de los derechos de autor”).  Pero, como veremos más adelante, no se olvidó de ella. Al contrario, la omisión significaba que, para el TJUE, el tribunal portugués estaba preguntando, precisamente, por el concepto de originalidad. ¿Basta que una creación de diseño genere un efecto visual propio y considerable desde el punto de vista estético para ser protegida como obra? ¿Puede consistir en eso, simplemente, la originalidad? Esa es la lectura que hace el TJUE de la primera pregunta del tribunal portugués.

Hay que decir que resulta una pregunta un tanto extraña en boca de un Tribunal Supremo, pues difícilmente cabría esperar otra respuesta que la negativa a la vista de la doctrina del Tribunal de Justicia. Cuesta imaginar al tribunal portugués pensando que quizá la originalidad que asegura el acceso a la condición de obra consista en un simple “efecto visual propio y considerable desde el punto de vista estético”. Como quiera que sea, una vez leída de esta forma la pregunta (y hacerlo es el privilegio del Oráculo: preguntad lo que queráis pero yo seré quien interprete vuestras preguntas) al Tribunal de Justicia le cuesta muy poco dar la respuesta, echando mano de su propia jurisprudencia.

Para empezar, nos recuerda que: “El concepto de «obra» que contemplan el conjunto de estas disposiciones [arts. 2,a), 3-1, 4.1, 5, 6 y 7 DSI] constituye, tal como resulta de una reiterada jurisprudencia del Tribunal de Justicia, una noción autónoma del Derecho de la Unión que debe ser interpretada y aplicada de manera uniforme y que supone la concurrencia de dos elementos acumulativos. Por una parte, este concepto implica que existe un objeto original, en el sentido de que el mismo constituye una creación intelectual propia de su autor. Por otra parte, la calificación como obra se reserva a los elementos que expresan dicha creación intelectual” (pfo. 28, énfasis añadido).

En cuanto a primera exigencia, la originalidad, es “necesario y suficiente que [el objeto] refleje la personalidad de su autor, manifestando las decisiones libres y creativas del mismo [Painer, C‑145/10, Renckhoff, C‑161/17]” (pfo. 30). Hay que descartarla, en cambio, cuando la realización del objeto “ha venido determinada por consideraciones técnicas, reglas u otras exigencias que no han dejado espacio al ejercicio de la libertad creativa [Football Dataco, C-604/10]” (pfo.31).

Respecto a la segunda exigencia, prosigue la sentencia, “el Tribunal de Justicia ha precisado que el concepto de «obra», a que se refiere la Directiva 2001/29, implica necesariamente la existencia de un objeto identificable con suficiente precisión y objetividad [Levola C-310/17]” (pfo. 32), pues tanto las autoridades como los terceros deben “estar en condiciones de conocer con claridad y precisión el objeto protegido [Levola C-310/17]” (pfo. 33). Ello excluye el recurso a valoraciones subjetivas que pueden variar de unas personas a otras: “una identificación basada esencialmente en las sensaciones, intrínsecamente subjetivas, de la persona que percibe el objeto en cuestión no cumple la exigencia requerida de precisión y objetividad [Levola C-310/17]” ((pfo. 34)

Cumplidos los requisitos reseñados, la creación debe protegerse como obra “sin que el grado de libertad creativa de que dispusiera su autor condicione el alcance de esa protección, que no es inferior al que se reconoce a cualquier obra comprendida en el ámbito de aplicación de dicha Directiva [Painer C-145/10]” (pfo. 35).

Sobre la base de esa doctrina, el TJUE aborda el problema de la concurrencia de las normas que protegen el diseño y las obras del espíritu. El punto de partida está en que “el legislador de la Unión estimó que los objetos protegidos en virtud de un dibujo o modelo no eran, en principio, asimilables a los que constituyen obras protegidas por la Directiva 2001/29” (pfo. 40). Pero ello no excluye que ambas protecciones puedan acumularse de acuerdo con el Derecho de la UE (pfos. 42 a 47). Que los modelos sean protegidos también por el Derecho de autor sólo dependerá de que cumplan o no los dos requisitos señalados para cualesquiera obras.

En esta tesitura, el TJUE vuelve a centrarse en la primera pregunta del tribunal portugués aludiendo, ahora sí, a la mención a la originalidad que contiene. Hay que examinar, dice el TJUE, si cabe considerar como obras “los modelos de prendas de vestir controvertidos en el litigio principal cuando, más allá de su propia finalidad práctica, generen, de acuerdo con el tribunal remitente, un efecto visual propio y considerable desde el punto de vista estético, debiendo significarse que los interrogantes planteados por dicho tribunal pretenden esclarecer si tal elemento de originalidad estética constituye el criterio central para la atribución de la protección prevista por la Directiva 2001/29” (pfo. 49, énfasis añadido).

Aquí radica el quid de la sentencia. Como ya ha habido ocasión de apuntar, El TJUE entiende que lo que pregunta el Tribunal Portugués es si puede entenderse que el diseño es original, a los efectos de su cualificación como obra, cuando, simplemente, produce un “efecto visual propio y considerable desde el punto de vista estético”. En otras palabras,  el TJUE no entiende que se le pregunta si se trata de un requisito adicional (carácter artístico incrementado) sino, sencillamente, si este es “el” requisito. El único requisito. Siendo  esta la pregunta, la respuesta, dicho en términos coloquiales, está cantada.

Los dos sistemas de protección, señala el TJUE, responden a sus propios motivos y tienen alcance diferentes: “[…] la protección de los dibujos y modelos, por un lado, y la protección garantizada por los derechos de autor, por otro, persiguen objetivos sustancialmente diferentes y se someten a regímenes distintos. En efecto, tal como ha hecho constar el Abogado General […]la protección de los dibujos y modelos pretende salvaguardar objetos que, aun siendo nuevos e individualizados, presentan carácter práctico y se conciben para la producción en masa. Dicha protección, de otro lado, está destinada a aplicarse durante un tiempo limitado pero suficiente para permitir que se rentabilice la inversión necesaria para crear y producir dichos objetos, sin obstaculizar por ello excesivamente la competencia. Por su parte, la protección asociada a los derechos de autor, cuya duración es, con mucho, significativamente superior, está reservada a los objetos que merecen ser calificados de obras” (pfo. 50).

Sería contraproducente una acumulación de protecciones indiscriminada y generalizada. Por ello, señala la sentencia: “aunque en virtud del Derecho de la Unión la protección de los dibujos y modelos y la protección asociada a los derechos de autor puedan concederse de forma acumulativa a un mismo objeto, dicha acumulación solo puede contemplarse en determinadas situaciones” (pfo. 52).

Para deslindar entre ambas protecciones en el caso planteado, el TJUE insiste en que el efecto “estético” es subjetivo y, por tanto, no permite identificar con certeza y claridad el objeto protegido (pfo. 53). “En la actividad creativa entran en juego consideraciones de carácter estético. Sin embargo, no es menos cierto que el hecho de que un modelo genere un efecto estético no permite, por sí mismo, determinar si dicho modelo constituye una creación intelectual que refleje la libertad de elección y la personalidad de su autor y que cumpla, por tanto, el requisito de originalidad” (pfo. 54).

Llegados este punto, como ya se ha señalado, la sentencia es la crónica de una respuesta anunciada. Como dice el Tribunal: “De lo anterior se deriva que la circunstancia de que un modelo como los modelos de prendas de vestir controvertidos en el litigio principal genere, más allá de su finalidad práctica, un efecto visual propio y considerable desde el punto de vista estético no justifica que se califique de «obra» en el sentido de la Directiva 2001/29” (pfo. 55). Por tanto:

El artículo 2, letra a), de la Directiva 2001/29/CE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 22 de mayo de 2001, relativa a la armonización de determinados aspectos de los derechos de autor y derechos afines a los derechos de autor en la sociedad de la información, debe interpretarse en el sentido de que se opone a que una normativa nacional confiera protección con arreglo a los derechos de autor a modelos como los modelos de prendas de vestir controvertidos en el litigio principal, en atención a que, más allá de su finalidad práctica, generan un efecto visual propio y considerable desde el punto de vista estético” (énfasis añadido).

Esta es la respuesta que el Tribunal de Justicia da a la primera pregunta y con la que entiende (sin dar mayores explicaciones) ya no es necesario responder la segunda.

Comentario final

A la vista del resultado ¿sería disparatado entender que el Tribunal de Justicia ha respondido lo que ha querido y no, o no del todo, lo que se le preguntaba? ¿Es razonable pensar que el Tribunal Supremo portugués realmente tenía dudas acerca de la posibilidad de que un modelo de ropa se proteja como obra por el mero hecho de crear una impresión estética (efecto visual propio y considerable desde el punto de vista estético)? ¿No era más lógico pensar que lo que en realidad preocupaba al tribunal portugués era si cabía ser más exigentes con ese tipo de creaciones, tal como interpretó el Abogado General en sus Conclusiones?… ¿Realmente, una vez respondida la primera pregunta, ya no hacía falta entrar en la segunda?… ¿Podríamos no obstante entender, en cuanto a esta, que el Tribunal asume, como le proponía el Abogado General, que a los modelos no cabe exigirles menos, pero tampoco más, que al resto de las obras?… En mi opinión, la respuesta debe ser afirmativa. Esa es la conclusión lógica, aunque sea por extrapolación.

No se ha formulado expresamente y sería incorrecto afirmar lo contrario, pero la conclusión útil del Caso Cofemel no es solo la obviedad de que un modelo no puede considerarse obra, por no consistir en eso la originalidad, por el solo hecho de tener un “efecto visual propio y considerable desde el punto de vista estético”, sino también la confirmación de que los criterios aplicables a este objeto son los generales para cualquier obra.

El esfuerzo para separar unas sillas, vajilla, bicicletas o lámparas de otras, para protegerlas como obras de autor, no debe conducir a exigir una mayor creatividad. Una silla, una lámpara o –como en Italia, un Ferrari o una Vespa, son obra si cumplen los requisitos que se piden para cualquier otra obra; en particular, la originalidad entendida como creación intelectual propia de su autor. No puede exigirse nada más ni nada diferente.