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Carta de despedida a Ramón Casas

Fallece a los 65 años Ramón Casas Vallès, profesor titular de derecho civil en la Universidad de Barcelona, especialista en propiedad intelectual                 

Carta de despedida a Ramón Casas

Fallece a los 65 años Ramón Casas Vallès, profesor titular de derecho civil en la Universidad de Barcelona, especialista en propiedad intelectual

 

Querido Ramón,

El pasado 17 de junio me viniste a ver a Tarragona. Me escuchaste con tu generosidad habitual, pues acabamos hablando más de mi libro (la literatura) que del tuyo (la propiedad intelectual). Pero tú eras un humanista, y todo te interesaba, como demuestra el artículo que entonces preparabas: un ensayo sobre el litigio en torno a la traducción española de Las mil y una noches. Traías mi edición de la poesía de Clive James y me pediste una dedicatoria. No recuerdo todo lo que te escribí, pero sí la última frase: “Por un futuro lleno de reencuentros, mucha poesía y algo de derecho”. Sonreíste y prometiste invitarme a tu casa en otoño. No podíamos imaginar que ese encuentro sería el último. Se cerraba un círculo de quince años.

Aún recuerdo la primera vez que asistí a tus clases. Fue en otoño de 2006. El derecho civil se me atragantaba. Me matriculé, dubitativo, a tu curso de derecho de familia; tras conocerte, entusiasmado, a todos los demás: sucesiones, derecho civil catalán, propiedad intelectual… En este último curso descubrí la especialidad a la que me dedicaría como abogado. Fueron incontables nuestras conversaciones sobre derechos de autor. Tus dos artículos del caso Calatrava o Zubi Zuri inspiraron mi primera publicación, que escribí con Juan Cuerva, nuestro amigo común. Y guardo como oro en paño mis apuntes de tus clases. Pasados los exámenes, los seguí consultando en el bufete y aun años después.

Tus lecciones magistrales hacían honor al nombre. Las preparabas a fondo porque amabas tu trabajo. Y tenías el don de hacer fácil lo difícil que en la Italia renacentista llamaron sprezzatura. No en vano te habías doctorado en Bolonia, donde León Hebreo, Marsilio Ficino y Platón al final eran como de la familia. Con la elegancia de un filósofo neoplatónico, nos descubrías la sabiduría ancestral del Código Civil. Era un ejercicio intelectual de altos vuelos, pero no sentíamos ningún vértigo, pues nos sabíamos en buenas manos. A pesar del abismo entre tus conocimientos y los nuestros, nunca caíste en la tentación de despreciar al alumno. Todo lo contrario. Siempre tenías una palabra amable, una crítica constructiva a un ensayo. Al advertir mi torpeza con las notas a pie de página, me aconsejaste: “Haz como los viajeros del Renacimiento: distingue entre lo que has visto y lo que te han contado”. Solo tú podías evocar a Marco Polo para explicar la diferencia entre fuentes primarias y secundarias.

Tanto en las reuniones como en las clases, te hablábamos de “usted”, una forma que mi generación apenas usa. Al principio se nos hacía extraño, pero luego nos gustaba ese trato formal por la reciprocidad que implicaba: exigías el mismo respeto con que nos tratabas. Tras mi licenciatura, pude empezar a tutearte. La relación profesor-discípulo evolucionó entonces hacia una amistad. Pero yo siempre te profesé la admiración que reservamos a los maestros. Nuestra correspondencia era unidireccional: yo te hacía una consulta, y tú respondías con amabilidad, eficacia y sencillez. “Para consultas de verdad, mejor abogados de verdad” me advertías. En verdad, tú sabías más que ellos, aunque describieras tu biblioteca como “pequeña y desordenada”. Lo único pequeño era tu ego, pues mantuviste hasta el final la humildad y las ganas de aprender de los sabios. Sacabas libreta y bolígrafo cuando te recomendaban libros.

Y te gustaba que un exalumno como yo hubiera dejado el derecho por la literatura. Durante un tiempo, solo publiqué artículos pasados por tu filtro. Aunque el tema estuviera lejos de tu disciplina, siempre aportabas. “No hay derechos sobre ideas ni imágenes” me recordabas cuando te pedía permiso para incluir tus sugerencias. No fueron pocas. Pero nunca querías que te citara: “La autoría está muy sobrevalorada”. Tenías frases lapidarias. Y una ironía cálida y fina. Era un lujo poder contar contigo: con tu amistad, con tus conocimientos y con tu entusiasmo. Llegaste a leer una novela de Cervantes solo para comentar con rigor mi último artículo. A veces sospechaba que a ti también te gustaba más la literatura que el derecho. Éramos, por así decir, de la misma cofradía: los juristas letraheridos.

Me hablabas de Tang Xianzu, el dramaturgo chino de la dinastía Ming, con una ilusión por leerlo… Tenías muchos proyectos pendientes. Ya no podremos compartirlos. Tu partida me apena especialmente por prematura y por inesperada. No pudimos ni siquiera despedirnos. De haberlo sabido, te hubiera llamado con más frecuencia; hubiera intentado verte más. Solo la gratitud supera la tristeza. Y aun así el dolor es hondo. Sin embargo, encuentro consuelo y trascendencia al imaginarte en tu rincón favorito de Bolonia. Santa Maria della Vita, que guarda siete figuras de terracota: el Compianto (1463) de Nicolò dell’Arca. Te impresionó mucho la primera vez que lo viste. Entraste en la iglesia sin saber qué había en ella, y diste con la Virgen, las tres Marías, Juan el Apóstol y José de Arimatea. Lloraban sobre Cristo muerto.

Amigo, maestro, de ti aprendí esta locución latina: sit tibi terra levis [que la tierra te sea leve]. O más cristianamente: descansa en paz.

 

Luis Castellví Laukamp, profesor de literatura española en la Universidad de Manchester, es licenciado en derecho por la Universidad de Barcelona.

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